¿MÁS NADA O NADA MÁS?: “Buenas y malas palabras” de Ángel Rosenblat


Decía un amigo español, como quien comete una infidelidad a su lengua materna:

—Me estoy venezolanizando: ya digo más nada.

Efectivamente, más nada es general en toda Venezuela. Hasta se encuentra en un purista como Julio Calcaño: «Patojo es afín de patuleco, y es el que tiene los pies hacia dentro, como el pato, y más nada». Y en una prosista como Teresa de la Parra, que juega con los más sutiles matices de la lengua. María Eugenia, de regreso de Europa después de doce años de ausencia, ve desde cubierta las luces de Macuto:

Evocaba la fisonomía fina y alargada de tío Pancho. Recordaba cómo antes de marcharse me había cogido en sus brazos.Recordaba cómo luego me había besado muchas veces, y cómo, por fin, sin decir más nada, había vuelto a ponerme en el suelo.

Es uso viejo, y lo encontramos en Francisco de Miranda. Está haciendo la campaña de Melilla, y anota en su Diario, el 2 de febrero de 1775 (Archivo, I, p. 95):

Han llegado cuatro embarcaciones de la costa de España cargadas de comestibles y materiales para la fortificación sin más nada notable.

También es general más nadie, más ninguno, más nunca. En un cuento de Urbaneja Achelpohl, Rosa, desengañada de su primer amor, dice: «Yo no quiero querer a más nadie. Lo que deseo es acabar con esta angustia que me queda». Y en una de sus novelas, En este país…!, que es casi una buena novela, Paulo Guarimba, en vías de convertirse de peón de hacienda en general, gracias a los avatares de la guerra civil, pregunta a Eustaquio por sus antiguos amos, sobre todo por la amita enferma:

—¿Y qué decían?
—Que en lo que mejoren se iban para Caracas y no volvían más nunquita.

En algunas partes del interior, en Trujillo por ejemplo, es frecuente el saludo: «¿Qué hay?». Y se contesta: «Más nadita». El más nunca se encuentra también en Las lanzas coloradas de Uslar Pietri. Y el más nada y el más nunca en la prosa nerviosa y a veces fulgurante de Simón Bolívar. Por ejemplo, en carta dirigida desde Oruro el 25 de septiembre de 1825 al general Salom, que había intercedido repetidamente a favor del general Valero, culpable de insubordinación:

Es tal la influencia que usted tiene sobre mi corazón, que al fin he cedido contra toda mi conciencia y la inflexibilidad de mis principios; pero no se empeñe usted más nunca en cosas semejantes, ni aun por generosidad.

La verdad es que el más nada se da en casi toda América, aunque con arraigo muy variado. En la Argentina es frecuente en algunas provincias del interior (Mendoza, San Luis, etc.), y aparece no sólo en el diálogo de Benito Lynch o de Florencio Sánchez, sino aun en Don Segundo Sombra, la gran novela gauchesca. Después de arrear reses por la pampa, días y días, con tormentas, frío y lluvias, sin poder dormir, Demetrio, el más grande y fuerte de los troperos, al espantársele el caballo junto a la tranquera de llegada, cae tendido al suelo, sin sentido. Y dice el narrador (cap. XXIV):

Ahí quedó, sin darse cuenta siquiera que el sueño lo había agarrado a traición en el suelo, donde tal vez, a pesar del golpe, sintió que aflojar el cuerpo y no querer más nada es algo maravilloso.

Charles Kany lo ha documentado además en el Uruguay, Paraguay, Colombia, Panamá, Costa Rica, Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo y Méjico. Pero quizá en la región del Caribe sea donde ha alcanzado más extensión geográfica y social.

¿Habrá que considerarlo entonces un uso americano, y tendrá razón el amigo español que cree abdicar de su personalidad nacional al usarlo? ¡Oh, nada de eso! En España se conoce también, en Galicia, en León, en partes de Aragón (al menos en el campo de Jaca) y en Canarias. Además, tiene cierta tradición literaria. El extremeño Bartolomé de Torres Naharro, un brillante precursor de Lope de Vega, lo usa a principios del siglo XVI. Primero, en su Comedia Calamita. Fileo ha estado espiando los amores del hijo de
su amo:

Torna después su camino
sin más nada,
para narrar la embajada
allá en casa a su señor.

Y luego, en la Comedia Aquilana, Faceto, criado de un príncipe extranjero, recibe del rey Bermudo, como presente, la capa, cuando esperaba mil doblas, y dice:

—Con ésta voy glorioso sin que más nada me den; con loco y menesteroso siempre el hombre compra bien.

Y el Maestro Correas, salmantino, registra hacia 1630, en su Vocabulario de frases y refranes: «Más nada; más nomada entre dos platos. Niega».

Es, pues, uso español, sobre todo del occidente de la Península, y como tal ha pasado a América («quien lo hereda no lo hurta»). Pero, de todos modos, ¿por qué la lengua general ha fijado nada más, nunca más, etc., y en cambio se prefiere decididamente más nada, más nunca en Venezuela y otras regiones hispánicas?

Mientras el castellano ha fijado nada más, otras lenguas románticas han preferido el orden inverso: el gallego-portugués, el italiano y el francés («je ne veux plus rien», «je ne connais plus personne», «je n’irais plus jamais»). El venezolano no está, pues, en mala compañía. En casos análogos es también el orden habitual del castellano: «No quiero más libros», «No diga más mentiras», etc., con el complemento después del más. Una serie de frases negativas se cierran con la negación: «No le daré nada», «No te quiero nada», «No me importa nada», «No sirve para nada», «No iré nunca», etc. Si le preguntan a uno: —«¿Qué más?», «¿Quiere más?», contestará acaso: —«Más nada». Nada más y nunca más son construcciones en que se destaca el más. Más nada y más nunca destacan el nada y el nunca. Es decir, concentran todo el énfasis expresivo en la negación.

Una prueba de que estamos ante un cambio producido por un afán estilístico está en el hecho de que cuando el nada más no tiene valor negativo adverbial, sino conjuntivo, se mantiene el orden habitual del castellano: «Lo hizo nada más que por verme brava», «No hizo na más que sentarse y ahí mismo volvió a salir», «Esto es na más que por probar», «No me dio nada más que un pedacito», «Se la pasa nada más que leyendo todo el día». En cambio, en los usos negativos el orden es siempre inverso: «No me digas más nada…».

Afirmar o negar son actitudes extremas en que el hombre pone a veces en juego su vida entera. Se ha dicho de alguien —para encomiar, no su hombría, sino su habilidad— que conocía todas las palabras del idioma, salvo dos, que no figuraban en su léxico: sí y no. Es muy conocida la historieta del diplomático y la dama. (¿Qué diferencia hay entre un diplomático y una dama? Que el diplomático cuando dice sí quiere decir tal vez; cuando dice tal vez, quiere decir no; y cuando dice no, deja de ser un diplomático. Y la dama, cuando dice no quiere decir tal vez; cuando dice tal vez quiere decir sí; y cuando dice sí, deja de ser una dama.) El hombre no ha de ser ni diplomático ni dama.

La acepción o el rechazo están siempre llenos de contenido expresivo. Hay una multitud de formas para la afirmación o la negación, algunas de creación hispanoamericana. Para la aceptación alborozada, el venezolano tiene una fórmula: «Muerto, ¿quieres misa? (en años pasados se usó mucho, humorísticamente, ¡ipanola!). La negación es sin duda mucho más rica en matices. La Argentina ha acuñado —hasta para la exportación— su ¡qué esperanza! Pero hay una forma venezolana de negación que no hemos oído en otras partes y que nos parece llena de contenido humano: «No iré ni yendo», «No me llevarán ni llevándome», etc. Es la afirmación de la voluntad desafiando a la realidad misma. La preferencia venezolana por más nada, más nadie, más nunca es sin duda del mismo orden: afán de negación rotunda.